S/T

Foto: Tomada de Eva Negra

Amo una mujer miope con unos horrendos derechos sobre mi cuerpo. He rezado tantas veces el Padrenuestro que casi los vomito sobre herencias y muertes.

La letanía de perdónanos-las-deudas-como-nosotros-perdonamos-a-nuestros-deudores es una completa farsa.

El placer de mirar tus senos es mejor que el “perdónanos…”,

el cura,

las velitas,

las figuras en las paredes.

Es posible contarte las culpas.

Tararear la canción de reggaetón del momento y que valgan los reveses en esta hoja de papel. «Sé que mi madre llora allí en su patio cuando yo me decido»*, cuando beso tu frente ya no se escandaliza.

Mas, sigue llorando.

He decidido comprar algunos pañuelos

*Soleida Ríos, Fuga (2004), Agua de Otoño

Griticos de mujer

Metiendo el dedo en las “misteriosas, públicas y alocadas calles de Facebook” me encontré con esta hermosa ilustración del artista plástico Michel Moro y me dije: esto es lo que te faltaba.

Voy al grano. ¿Quién no ha escuchado a una mujer gritar?

Seguramente todes. Yo, por suerte (o desgracia), tengo el oído afinado. Esta vez quiero compartirles algunos gritos que he escuchado durante estos 26 años. Será una suerte de lista. Veamos si me sale.

La voz de tu madre

Les juro que fui una buena chamaquita. De esas niñas que se sentaban en la puerta de la casa y veía a todo el barrio corretear. Sillón, bata, portal, penquita pa´ echar aire (año 1998-2000 más o menos). Bueno, les voy a decir la verdad. Yo era todo lo contrario a eso. Chancleteaba el barrio como me daba la gana. Incluso, tenía una bici que tiraba de una esquina a otra y por tal motivo tengo las piernas llenas de marcas. Es por eso que les puedo contar, con seguridad, cómo se siente el grito de una mujer diciéndote: ¡¡¡¡¡¿¿¿¿Yulieeeeeeeeeettt, hasta cuándo contigo mijita?!!!!!

La voz de tu profesora

Sigo con las historias. Estaba un día en la secundaria. Cursaba 8vo grado. De más está decirle que esta manía mía de llegar a los lugares y hacer “guara” no es de ahora. Ya les comentaba anteriormente que de tranquilidad no había un ápice en mi cuerpo. Cogí una guitarra que estaba en el departamento de Instructores de Arte, me llevé a toda el aula para el patio y me puse a cantar el estribillo de la canción de la novela del momento. Creo, si mal no recuerdo, que era la de Polito Ibáñez: pintaré-mi-pelo-de-marrón-fumaré-hasta-romperme-un-pulmón. La gente me hizo el coro y nos envalentonamos con el repertorio. En el momento climax, una pelirroja, alta, con unas pecas hermosas me gritó: Yuliet, mijitaaaaaaaa y ¿ahora esto qué es? Era mi profe. (A que pensaron que era una chiquita que estaba pa cosa conmigo. Siento desilusionarles.)

La voz de tu amiguita

No sé cuál es el motivo que de adolescentes una siempre tiene una amiguita con quien hacer tareas, ir de aquí para allá, incluso, es de esas amiguitas que son como un diario personal en tu vida. Pues yo también la tuve. Hasta que un día apareció otra amiguita con la que quise llevarme de igual modo. Recuerdo que el grito que me metió mi amiga B, por andar con mi amiga M fue de esquina a esquina. Qué clase pena pasé. Solo recuerdo las palabras: ¡¡¡¡¡Yulieeeeeeeet, me las vas a pagar!!!!! Ahora no recuerdo si estaba celosa de que yo me llevara con alguien más o si le había robado a su amiguita. Upsss, lo siento.

La voz de tu jefa

No les voy a contar toda la gente que me han gritado. Creo que todo el mundo ha recibido sus griticos en la vida. Luego de hacerme grande y responsable (sí, porque lo soy aunque escriba estas cosas) empecé a trabajar en una institución cultural. La jefa, una mulata que dice mil cosas, de momento la cogió conmigo, como decimos en buen cubano. Yo soy de Morón y tenía que trasladarme a Ciego de Ávila diariamente. Para los que no saben, la distancia es de 36 kilómetros, porque diariamente tenía que recorrer 72 kilómetros por 385 pesos mensuales. Uno de esos días donde el trasporte dice “aquí estoy para joderte y llegues tarde a todos los lugares” mi querida jefa me dice:

O:—¿Tú crees que estas son horas de llegar?

Y:—Sí, pero no (respondo sin nervio alguno)

O:—Pues la próxima vez que llegues tarde te cierro el contrato

Y:—Ok, la próxima vez me compras un carro, me subes el salario y me alquilas en tu casa.

O:—Pero Yuliet, qué freeeeeeeeeeesca tú eres

Y:—Sí, gracias. Usted lo es más.

No les voy a contar como terminó la historia. Nos gritamos mutuamente y no sé por qué o cómo, esa gritería terminó en un beso.

La voz de tu novia

Solo sé que desde la gritería con mi jefa, que ahora es mi novia, nos hemos gritado muchas veces (no les voy a mentir). Casi todas las parejas se gritan así sea para pedir la toalla que se les quedó y están enjabonadas hasta la nariz. Bueno, pero de esa gritería no les voy a hablar. Prefiero esta, de la gritería que se da en medio del dormitorio. Les pido que más que la imaginación, pongan su memoria en función. Cuarto, cama, botellita de vino, velitas de ambientación, I love NY cantada por Michael Bublé, caricias, ojitos perdidos, erizamiento de pelo— si vives en una casa en interior tendrán que escuchar la conversación de la vecina con la hija sobre los huevos que descargaron en la esquina hace 20 min—.

Seguimos.

Le tomas la mano y lo que no es la mano, le acomodas el pelo detrás de la oreja (un poquito cliché pero para meternos en ambiente está bien), le dices que te gusta mucho, ella te devuelve un suspiro, toman un sorbo del vino que está en la copa.

Vuelve la vecina a decirle a la hija que se apure que dijeron que iban a quitar el agua por 72 horas. Pero tú mantienes la calma, haz llenado todos los tanques, cubos y pomos posibles (trabajas en un medio de prensa, se supone que estés actualizada de los desvaríos de Acueducto y Alcantarillado).

Ahora le dices a tu novia que hoy huele espectacularmente bien, incluso, que ese perfume te encanta. Le das un besito para “calentar el momento”. De nuevo la vecina suena un: “Ay mi madre, me han dicho que se va la corriente.” A ti no te importa, porque tienes lamparita recargable y la laptop con batería 100%. Pero tus vecinos te quieren tanto que de un momento a otro, en medio de la copa de vino, de la canción I Love NY que está por el min 2:00, del besito que acabas de dar y del perfume fascínate que estás oliendo en el cuello de tu novia, te tocan la puerta casi tumbándola. Y te dicen: Yuliet, se va la corriente. ¿Por qué no haces un poquito de café?

¿Escucharon el grito de mi novia? Yo también. Desde entonces no saluda a mi vecina.

¡La sirenita será negra!

Foto: Tomada de Magnet – Xataka

No sé si llorar o reír con una noticia así. No sé si esta estrategia polémica de marketing para generar más ventas pueda ser un ejemplo positivo de “inclusión étnica” o una manipulación masiva enmascarada en una falsa intención de reconocer como iguales a los negros. Las muestras de racismo ya se leen a montones y yo apenas me voy enterando: no sé si indignarme o alegrarme.

Halle Bailey ha sido elegida para la próxima reimaginación de acción en vivo de The Little Mermaid.

Si fuera una emprendedora a la altura de los tiempos capitalistas en los que vivo, sería un buen momento aprovechar la coyuntura y poner mi empresa: una marca de ropa, una entrevista reafirmando el orgullo de mi raza, teñir mi cabello para vender mi imagen con poca ropa y alcanzar los like necesarios para monetizar mis redes sociales y no tener que preocuparme por la competencia en otros mercados laborales.

Si fuera una intelectual decolonial, sería un buen momento para hacer un artículo acerca del racismo, la puesta en escena de lo negro como mercancía al servicio del capital, la necesidad de aborrecer toda comunicación que no sea interepistémica desde lo intercultural. Realzaría el deber de denunciar que los negros tenemos una historia de resistencia que no debe ser apañada bajo una caricatura que armoniza el colonialismo interno; que fuimos arrancados de África, vendidos y explotados, que hemos luchado mucho por nuestros derechos y que no se puede reducir todo eso a blanquizar lo vivido a través de un personaje de Disney.

Si fuera una feminista negra, sería un buen momento para hablar de la cosificación de la mujer negra, puesta como objeto de entretenimiento; del porqué contratar a una negra para dejarla sin voz y de lo dañino que es para el imaginario colectivo de las niñas negras tener un referente como ese, que legitima el amor romántico y por tanto, la legitimación del patriarcado blanco.

Esta ha sido una de las imágenes viralizadas tras la declaración de Disney sobre el cambio de imagen de la Sirenita Ariel.

Si fuera una activista estadounidense por los derechos de los negros, podría alegrarme y salir a la calle con pancartas, porque por fin los protagonistas negros tienen su espacio en la gran pantalla: por fin hay un Spiderman negro, habrá un futuro Capitán América negro (según el final de Avengers).

Por fin, además de demostrar que podemos ser presidentes, somos visibilizados en la industria cultural reflejando que las negras también somos bellas. Por fin podemos demostrar que el discurso universalista europeo cede y que quizás ese sea un paso para dejar de violentar a la comunidad negra.

Comentarios como estos se generan en Twitter, no es cuestión de bien o mal, es cuestión de decir qué se piensa, cómo se posiciona un criterio que es el de miles de usuarios.

Si fuera una radical afrodescendiente, diría que referirse a la raza de la Sirenita es un error, porque las razas no existen, ya que estas son una invención y solo existen etnias. Que la Sirenita Ariel no representa a los afrodescendientes porque en la historia piensa como blanca, no ha sufrido en carne propia la discriminación, no ha vivido en su experiencia personal el sufrimiento causado por los prejuicios y por tanto, que es un títere manejado por blancos.

Opiniones de internautas cubanos tras la polémica del anuncio de Disney

Si fuera una académica de renombre escribiría una amplia reflexión acerca de cómo la cuestión de una Sirenita negra no cambia nada, que las estructuras de poder y las relaciones que aplastan a los negros siguen ahí. O por el contrario, elaboraría un extenso análisis de las implicaciones socioculturales del cambio de paradigma, acuñaría el concepto de “efecto Sirenita” para analizar las reacciones de las personas y hablaría de la importancia del fenómeno, enfatizando en que la diferencia no es un rasgo de desigualdad.

Pero como soy solo Irene, aún debo meditarlo.

Sobre Irene Pascual:

Estudia Doctorado en Estudios Socioculturales en Instituto de Investigaciones Culturales IIC-Museo UABC. Ha estudiado Maestría en Filosofía en Universidad de Guanajuato y Licenciatura en Derecho en Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas – UCLV. Actualmente coordina el grupo en Facebook Vivir la Negritud.

No sabía que era negra…

Por Irene Pascual

Miramos e interpretamos el mundo desde una mirada blanca: la cultura de los blancos es mejor, es más bonita, es más próspera, es superior, es impuesta y aplaudida. A propósito del Día de África…

No sabía que era negra, lo descubrí a los 8 años cuando mi hermano me lo dijo. No asociaba el color de mi piel a un conjunto de estereotipos discriminatorios ni a una ideología en la cual lo negro es malo, delincuente, bruto, feo, atrasado. Cuando mi hermano me dijo que era negra (en un tono muy marcado) le respondí que no lo era (al menos no era lo que él me estaba sugiriendo). Me llevó ante un espejo y sí, por primera vez, me vi negra. Comencé a llorar desconsoladamente, al parecer, ser negra era algo malo que nadie me había explicado y que no podía ocultar. Mis vecinos al verme me dijeron: “debes sentirte orgullosa por ser negra”, pero yo no entendía por qué debía sentirme orgullosa de algo que no había escogido.

“debes sentirte orgullosa por ser negra”, pero yo no entendía por qué debía sentirme orgullosa de algo que no había escogido.

Con el paso de los años lo entendí mejor: mi cabello no era pelo sino pasa, mis labios no eran labios sino bembas, mi color de piel olía feo, todo estaba mal con mi aspecto y los blancos debían remediarlo con derriz, maquillaje sutil, vestirme y enseñarme a comportarme como blanca. Los insultos hacia mi color de piel, la asociación inmediata a una condición económica de escasez, los pocos hábitos higiénicos que se nos atribuyen, la poca belleza que tenía por ser negra, etc., fueron cuestiones que comencé a normalizar día con día.

El racismo institucional fue (y es) otro monstruo que comenzó a corroer mis vivencias: “tú no puedes porque eres negra”, “pobrecita, no llegará lejos”, “mira su color y perdónala”. Inclusive cuando fui presidenta de la Ciudad Escolar Ernesto Che Guevara y presidenta de la Universidad (UCLV), desde la administración y la UJC Nacional se cuestionaban mi cabello, mi aspecto, mi negritud, insinuando que debía ajustarme más al prototipo de lo blanco. En la licenciatura en Derecho, un profesor me dijo que me peinara, que parecía que le daba clases a un delincuente del “malecón”.

El racismo institucional fue (y es) otro monstruo que comenzó a corroer mis vivencias

En la sexualidad estás, por decirlo de alguna manera, vetada, porque a no ser que seas una “mulatica de salir”, no serás tomada en cuenta para relaciones “formales”. Estarás presionada a no mantener relaciones con blancos “porque negro con blanco no pegan” y si te atreves eres considerada piola, como “traidora” a tu raza. Los escándalos de la familia blanca de tu pareja al verte, son de diversa índole. Los mitos populares en relación a la sexualidad asocian a la mujer negra como aquella menos importante, más exorbitante (lo que te coloca en la categoría de objeto exótico), una “mujer fácil”, que “te limpia”, que no está en el status de una blanca, por lo tanto, se le puede tratar de manera inferior porque “bastante que cogió un blanquito”. Con los negros, la idea de la sexualidad también es explotada, llegándose a elaborar chistes y con ello, imaginarios que denigran la dignidad.

El rechazo hacia las religiones africanas es inculcado desde pequeños, no debes ser brujo ni practicar la brujería, debes ser católico o cristiano protestante para tener un reconocimiento social adecuado.

Los clichés son reforzados: los blancos dicen cómo deben ser los negros y estos lo asumen y lo entretejen como identidad: todos deben saber bailar perfectamente porque es típico de la raza, debemos estar siempre sonriendo, nuestros dientes deben ser más hermosos, “los negros no llevan ná por los pulmones”, no servimos para el ballet, etc. Todos estos estereotipos se conjugan en las miradas inquisitorias de los espacios de blancos: la universidad, la política, las tiendas de divisas, como muestras infalibles de la discriminación.

Y, ¿dónde está la esencia negra en los imaginarios sociales en Cuba?

No cabe duda que el imaginario social en Cuba es eminentemente racista, se defiende la superioridad de la raza blanca frente a las demás y se “aisla”, es decir, margina a lo no blanco: al jabao (el cual es malo por naturaleza), al indio, al negro. La cultura permite que las actitudes de blancos hacia negros sea grosera (y que esto no se reconozca), que los blancos no traten como iguales a los negros sino como inferiores: “a los negros no se les puede dar cargos”, “tenía que ser negro”, “si ese negro puede porque yo no”, “ese negro es delincuente”, son frases comunes del día a día.

A la par, existe una invisibilización de problemas asociados a la raza: el blancamiento de los héroes en la historia, la no existencia de juguetes negros, de productos que tengan en cuenta la diversidad, las pocas oportunidades centradas en las condiciones específicas de las familias negras, deja a las “personas de color” al margen del proyecto social porque no se reconoce la otredad como diferente desde el punto de vista histórico, social, económico y cultural. El menosprecio y el odio irracional hacia los negros es un ejemplo de intolerancia que es adornada con la frase: “no existe racismo” a la que se le suman “no soy racista porque tengo amistades negras”, “no soy racista pero cada quien en su espacio”, “es negra pero es bonita”, “no soy racista pero no quiero que mi hija se case con un negro”.

…existe una invisibilización de problemas asociados a la raza: el blancamiento de los héroes en la historia, la no existencia de juguetes negros, de productos que tengan en cuenta la diversidad…

Considero que lo peor no es ni siquiera ser violentamente marginalizados, sino la prohibición de decirlo, de enunciarlo. Cuando expresas que en Cuba hay racismo, la mayoría (blancos y negros) te objetan: es algo tan políticamente incorrecto que te demonizan al punto de que debes pedir disculpas por tal osadía. Los blancos no cuestionan el racismo, le es indiferente porque se vive en un mundo de blancos y para blancos; los negros están tan alienados que no ven el racismo y si lo ven, lo callan, les duele: duele tanto que es preferible no luchar contra la violencia simbólica y prefieren negar su negritud, su historia, su aspecto, blanquizar el espíritu.

Solo puede hablar de racismo quien lo ha vivido. No caben todas las injurias en un texto, por tanto, dejando a un lado los disímiles episodios, los cuales quiero sistematizar en forma de libro, en lo personal la negritud me ha impulsado a ser-actuar de la mejor manera posible.

Mientras los blancos no tienen que demostrar nada, los negros debemos hacerlo siempre doble porque somos prejuzgados: estudiar para demostrar que podemos (porque la ciencia es blanca y a los negros les corresponde el deporte y el arte), no realizar ningún hecho que transgreda el orden para demostrar que no somos delincuentes, etc. Cuando mis compañeros hacen un trabajo, yo hago dos.

Hoy puedo decir que soy orgullosamente negra porque he asumido la negritud como una ideología que se enfrenta a la dominante, una construcción a la que me apego para estar en este mundo de «otra forma». Entiendo mi negritud como una fuerza histórica que me permite razonar los tratos perjudiciales hacia mi color de piel, construir un sujeto político, revindicar mis creencias, mis maneras de hablar, mis gustos. Enunciarme negra sin tapujos, no peinarme, no dejar de utilizar labial rojo, no bajar jamás la cabeza ante los blancos, son pequeñas acciones cotidianas que refuerzan la idea de que vivo en consonancia con lo que soy.

Hoy hay que visibilizar, entender que la raza (como construcción social-cultural) genera problemáticas: el etnocentrismo tiene que ceder o lo debemos tirar. Y no, “querida gente blanca, no soy el alma de tu fiesta y por supuesto que no puedes tocar mi cabello”.

Sobre Irene Pascual:

Estudia Doctorado en Estudios Socioculturales en Instituto de Investigaciones Culturales IIC-Museo UABC. Ha estudiado Maestría en Filosofía en Universidad de Guanajuato y Licenciatura en Derecho en Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas – UCLV. Actualmente coordina el grupo en Facebook Vivir la Negritud.

Me dijeron puta

Todavía recuerdo el día que alguien osó decirme puta. Yo froté mis manos contra el pantalón semiajustado y conté hasta cien como cien veces. Desistí de cualquier respuesta a esas palabras salidas de no sé dónde. Otro día, de esos días cualesquiera en que sales a la calle porque no aguantas estar en tu casa, o porque tienes algún mandado que hacer, vienen de nuevo y te dicen PUTA, así de grande, tal vez porque caminas por la calle y no te da la gana de usar ajustadores (¿quién los habrá inventado?) ¡Decirme eso a mí!, yo que soy de pulóver-camiseta y short, un par de tenis, y es suficiente para ser feliz e ir a cualquier parte de la ciudad sin que una gota de vergüenza roce mi moral.

Las malditas etiquetas, maldito vicio de nombrar todas las cosas. Los nombres están sobrevalorados. Mi amiga, ella que no está en eso de encasillar a la gente viene a mi casa un día, y coincide con otra amiga. No se conocían (por supuesto), y yo asiéndome de esas cargas sociales de presentación, tiro el gatillo con el: fulana esta es fulana, hace tal y más cual cosa. Mi amiga que no tiene pelos en la lengua le dijo: ¿Cómo quieres llamarme? Yo supuse aquello locura, desatino. Hoy es más cordura, más sazón de la vida.

Puta: grande, pequeña, mulata, jabá, con pelo rizo, con pelo plancha´o, desnalgada, con el culo grande, con ojos chinos, con ojos saltones, con nariz ñata (como la mía), con nariz súper grande. No importa como sea, a la mayoría de las mujeres le nombran, sin saber si quiera quienes son realmente. De ahí que los nombres están sobrevalorados, porque casi nunca importan cuando tienen otro en mente. Esas mentes caprichosas en avalanchas de etiquetas. Putas etiquetas.

La gente, la gente de todos los tiempos, siempre han puesto nombre a las cosas. Y está bien, hasta el punto dónde más que una necesidad es un estigma, vicio, condena. Aquello que nombramos de una manera, y queda estático, luego a la hora de cambiar, o cuando supone un cambio, se enreda la pita. Queda excluido de cualquier progreso.

Yo prefiero entonces re-nombrarlo todo. Para mí puta será aquella mujer que no lo importa el qué dirán de la gente. Ser feliz es su mejor opción: el estribillo de una canción de reggaetón, de lo último que suene en un bafle “pero-que-rico-eso-que-me-hiciste-en-el-cuartico”, o leerá un buen libro de Tolstoi-Neruda-Hemingway. Se acostará en la cama y tendrá sexo con un mix de jazz in Bach, vamos… que ser no-nombrado es mejor que estar etiquetado (más allá de Facebook). Todavía, algunos, solo algunos me dicen puta. Yo sigo frotando mis manos en el pantalón, luego bajo mis gafas, con esa mirada inquieta —que los que me conocen saben—, y le digo: gracias. Ellxs se quedan quietxs. Las gracias son mejores que las ofensas, porque yo seguiré siendo quién me dé la gana.