Arial 14: Hurtos en devolución

Foto: Tomada de Unsplash

Confieso que, en ciertas circunstancias, he sustraído “algunos” libros. Y, entre usted y yo, para mí no hay nada más excitante que deshojar con la vista uno favorito. Casi siempre llevo en mi mochila un par de audífonos, algo de comida y un buen texto.

La triada perfecta para no perecer ante la agonía que a veces supone la vida. En cualquier cola, en los lugares más insospechados, cuando la oportunidad se presenta, saco mi “güinche” y ataco.

Escribir, dicen los que han hecho de este ejercicio una forma de vida, es un acto de compartir. ¿Y qué es lo que se comparte, entonces? Cuando alguien escribe se convierte, sin quererlo, en un personaje más. Luego, tiene la necesidad de darle una vida que, tal vez, puede ser la suya o la de contextos que vivió o le contaron.

No se trata solo de conformar un personaje dentro de una historia, o una historia en sí. Escribir, es compartir un trozo de la realidad y multiplicarla en hojas que después serán leídas. Es algo así como un producto que se construye y luego “desbarata” con el background del lector.

<p class="<blockquote class = ”alignleft”>" id="El escritor se convierte para muchos en referente, incluso, en un confidente lejano que, irónicamente, también narra nuestras historias. Escribir es enjaular la soledad y, de a poco, matarla.

No puedo hacer una lista con todos los libros que he leído, tampoco con los que me faltan. Pero, una cosa sí tengo clara, la lectura ha sido aliciente y divertimento, cosas que juntas me (le) convierten en un empedernido lector.

Cada año, cuando la Feria Internacional del Libro y la Literatura llega a esta provincia, tomo casi un cuarto de mi salario (en estas ocasiones el robo no es permitido) y compro en formato duro, al menos, 10 ejemplares.

Les confieso algo más: hace tres años colecciono todas las publicaciones de Ediciones Ávila. Me faltan, por supuesto, más de la mitad de lo publicado. Sacando cuentas, si desde que se fundaron las editoriales territoriales para visibilizar a los autores locales y hace tres años compro al menos 5 ejemplares, todavía me falta mucho por leer. Obvio.

Entonces, he decidido conocer de primera mano las historias detrás de cada libro a través de sus autores. Cosa que creo será fácil porque los creadores avileños también son lectores empedernidos que hacen colas y llevan mochilas como yo.

Emprenderé un viaje para hurtarle al cuerpo de los libros un análisis en esa linde entre párrafos y una segunda lectura que, seguramente, se escribieron, de forma predeterminada, en algún tipo de letra. La mía, la que cada semana entregaré para compartir “como hacen los escritores” será, como en las grandes convocatorias literarias, en Arial 14.

Días después de la esperanza

Hace poco un amigo me preguntó qué hacía ahora que todes estábamos en casa. Buena pregunta, más allá de dialogismos y símbolos que pudieran justificar mi respuesta. —Nada—, le contesté.

Cuando me pidieron escribir un texto sobre los desafíos de les jóvenes en tiempos de pandemia tuve la intención de hablar mucho y de todo. Pero, la respuesta a mi amigo marcó lo que he llamado el “desafío de la nada”.

Día 1

Hace poco más de un mes adopté un peludito. Pequeño en edad, pero ya se estira a lo grande.

Día 2

Vivo en un edificio que tiene 9 plantas. Imaginarán que es muy viejo. Creo que se construyó en los años 80 del pasado siglo. Digo viejo, porque una edificación bajo estos calores, roturas y otros demonios, ya con 5 años es un centenar. Se me tupió el vertedero de conjunto con el fregadero y el baño.

Todavía la gente —o más bien yo— no tenía (n) la percepción de riesgo antes de haber cruzado los 70 infectades en Cuba. Por lo que llamé a un amigo (hombre orquesta) para que me ayudara.

No pudo.

Día 3

El peludito que me acompaña en el apartamento se llama Pepe. Me pasé dos días con tupición y vigilando a Pepe para que no husmeara en el agua putrefacta.

—¡Pepe, me tienes obstinada con tu hocico metido en todos lados!

—jau jau jau

Ni clara respuesta de Pepe, ni del hombre-orquesta, ni baja el agua.

Día 4

Decidí meter una manguera a presión en el hueco del vertedero. Milagrosamente se destupió. No me pregunten mucho más.

Día 5

07:00 y estoy con los ojos pegados al techo. La costumbre de estar despierta para ir a trabajar.

22:00 sigo con los ojos pegados en el techo. Prácticamente no he hecho nada (tal vez descansando de la tupición).

Día 6

Me gusta el balcón de casa y en tiempos de calma leo. Un buen texto siempre viene bien. Terminé de leer finalmente Rayuela (qué manera de dejarlo y tomarlo y dejarlo y tomarlo hasta el cansancio).

Día 7

Me di cuenta que tomo 12 veces en el día café. Algo que, por supuesto, me altera. Decidí reducir la cuota. Terminar un texto que hace un mes navega sin suerte en el Word y seguir en casa. Quienes hicieron el slogan de #quédateencasa nunca imaginaron los nervios que circulan en nuestras piernas por poner un pie al menos más allá del portal.

***

En 7 días hice muy poco. Desaproveché con desmedida el tiempo. Desaprovechar hoy es un lujo. Pienso en mis colegas de aquí, los de allá. Pienso en América Latina. El desafío de la nada nos impone crear, construir, hacer desde casa. Estremecer la casa si es preciso, arreglar cosas en desuso, pasar tiempo con la familia (en caso de que se viva con ella), des-movilizar la fatiga.

El primer reto que se nos impone es el de la realidad. Saber cuáles son nuestros límites y nuestras anchuras. Es una pandemia no una gripe como apuntan mandatarios de derecha en la región. Saber que la coyuntura sanitaria condiciona la política y el ecosistema sociopolítico.

Fernando Martínez Heredia en “Siete retos para los jóvenes de América Latina”[1], tan previsorio el maestro nos alertaba sobre el peligro de las crisis (una mucho más grande que esta):

“Padecen hambre o carecen de alimentación suficiente, de servicios de educación y de salud, de empleo, y viven en familias precarias. Saben del trabajo infantil, de la delincuencia de los pobres, la prostitución y el consumo de drogas baratas. Esos jóvenes no están aquí, no conocen lo que hacemos ni nuestros escritos –muchos no podrían leerlos–, ni es probable que les interesen. No suelen votar, porque no sienten suya la política que existe en sus países. Por consiguiente, muchos pueden ser acarreados precisamente por los culpables de la vida que llevan, si les resuelven algunas de sus necesidades perentorias.”

Antonio Gramsci, por su parte apunta algo que en nuestra realidad, nos coloca el desafío de la Palabra. “La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad”. Hemos sido inundados de información o más bien desinformación. Los grandes conglomerados de información nos han hecho desvariar una que otra vez. Como jóvenes hemos sido epicentro de desconcierto y ataque. Saber elegir qué consumir o no constituye un acto de civismo y extremo revolucionario.

La infopandemia o el infovirus como algunes estudioses le han llamado, hoy que pasamos más tiempo frente a las pantallas de nuestros teléfonos y laptop, es el principal enemigo: visible y poderoso.

A mi juicio, y por último, nuestro principal desafío es la esperanza. Cuando era pequeña solía cantar aquel estribillo: “venga la esperanza, pase por aquí”. Hoy pido a gritos que esa esperanza no solo pase por mi edificio 9 plantas que los años han destruido de a poco, sino que se junte con más fuerza y el recorrido llegue más y más lejos.

La gente necesita esperanza. Y esperanzar, más allá de un verbo transitivo debería convertirse en un verbo “permanente”. Paulo Freire nos dejaba algunas pautas:

“Es necesario tener esperanza, pero esperanza del verbo esperanzar, porque hay gente que tiene esperanza del verbo esperar. Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera.

“Esperanza es levantarse, esperanza es ir detrás de lo que se quiere, esperanzar es construir, esperanzar es no desistir. Esperanzar es llevar adelante, esperanzar es juntarse con otros y otras para hacer de otro modo…”

Foto: Tomada de Hello Creatividad


[1] (Heredia, 2017)

Narrar sus ojos

Hemos empezado a descubrirnos de a poco. Los días ceros son terribles. No sé aún sus gustos y aunque no quieres que sea un extraño lo es. Si les dijera que me siento a gusto les mentiría vilmente. Ayer lo traje por primera vez a la casa. Mi nueva casa que también estoy descubriendo. Parecemos dos aventureros; acompañantes.

Casi siempre aprovecho las noches para escribir. Vivir sola te da el privilegio de organizarte como te da la gana. Él solo me mira, con esos ojitos extraviados igual que los míos. Lo traje con el propósito de aprender desde esta otra perspectiva. Mientras van pasando las horas me doy cuenta de nuestras semejanzas, de los puntos en común que nos conectan misteriosamente.

Lo único malo es que no toma café, pero ya irá aprendiendo.

Este no es un texto para hablar con detalles de él, porque no conozco todas sus manías. Solo sé que quiero escribir desde esta nueva experiencia. Nombraré esta sección “A través de sus ojos”, sería una suerte de ejercicio vivencial.

Ayer, por ejemplo, de camino a casa, lo traía entre los brazos. No imaginan cuántos como él están en las calles. Así que, esta también será una manera de narrar la ciudad, nuestra ciudad.

He empezado, además, a desmontar algunos imaginarios, incluso, desde lo simbólico. Pero todavía no me quiero meterme en la metatranca. Dejaré que, poco a poco, él también vaya contando sus experiencias. Yo solo pondré las palabras.

Ya pasamos la primera noche. Lloró mucho. Cada 20 minutos me mantuvo fuera de cama, acurrucándolo, acariciando la ausencia de su madre. Quiero serlo, lo estoy siendo. Es la primera vez que alguien logra sacarme de las sábanas con tanto gusto.

Hoy lo tuve que dejar en casa para ir a trabajar. Siguió llorando y el corazón se me partió al medio. Cuando me alejaba sentía sus aullidos, todavía los oigo. Le he nombrado Pepe porque así le decían a mi abuelo y también a Martí. Verlo sería como recordar todos los días que no estoy sola. También, en alguna medida, será mi ángel de la guarda. Dos de mis ancestros en el nombre de un peludito que me sobrecoge.

No quiero eyaculaciones jerárquicas

Este primer texto del año pretendía hacer un recorrido por lo vivido durante estos casi dos años de bloguera, pero decidí que mejor era saber a dónde quería llegar, qué temas quería tratar, bla bla bla y hasta ese intento se jodió. Me vino un recuerdo, les comento.

Nunca se me había ocurrido saber cómo tiene sexo mi abuela con su marido (porque es ella quien lo tiene). De esos temas tabú que cuando la cosquillita te salta se convierte en picazón. Lo más que pude hacer fue fantasear con un poema que decía más o menos así: “mi abuela posa desnuda delante de su no-se-qué pero está demasiado viejo para contemplarla”. Eso del sexo siempre fue la tecla que no se debía mencionar bajo ningún concepto, el “temita” del que las niñas no hablan. Tengo vagos recuerdos de mi niñez en una casa que era muy grande, o mejor dicho, de malitas condiciones pero con un cuarto grande. No sé si mi mamá se acordará del susto que se dio cuando por una ventana me asomé y quedé boquiabierta con el clin clan de la cama que sonaba porque mi papá eyaculaba (encima) de mi mamá. Y hasta me daba pena decirlo hace unos años: nombrar las cosas tal cual. Lo cierto es que vi a mis padres tener sexo (supongo que mi hermano menor también lo haya hecho). Luego me fui becada y se jodió eso de hacerme la dormida para sentir el clin clan que ustedes saben. Debería en este punto aclarar que tendría como 7 u 8 años y que los niños tienen necesidad de descubrirlo todo y que seguramente ya los hayan visto en el traqueteo.

Susana seguramente padezca de la espalda, no la recuerdo en otra posición.

El primer día de pre-universitario en el campo, cuando todavía en mi pueblo los muchachas/os la opción era irse para Nereida (aquel lugar en medio de la nada donde estudiábamos y a veces recogíamos naranjas) no se me despintan las nalgas de Susana de 12 grado que dormía a unas literas de mí con su novio. No recuerdo en que momento me aprendí los horarios de las visitas nocturnas de alero, el tiempo en que permanecía su novio (encima) eyaculando. Me aprendí unos cuantos detalles en todo ese proceso, luego se sumaron mis compañeras en ese jelengue y ya tenía cronómetros. Debo aclarar también que tendría más o menos 15 o 16 años y que mi único referente hasta ese momento había sido el clin clan de mis padres y la incipiente poesía a mi abuela. Pero seguramente no fui la única que todavía tiene las nalgas Susana como tatuaje en la memoria.

Ya en la universidad la “cosa” fue distinta. Aunque aquí el punto es que yo estoy hablando de la gente no de cómo empecé mi vida sexual (para eso tendremos tiempo). Yo creo que la gran mayoría tenía novios y novias, era una presión de tener que estar con alguien y sobre todo, todos los días. Motivo por el cuál mi cuarto era un desfile, conocí a la mitad de la Uni en mi cuarto (privilegiada yo). Todo tipo de posiciones, sobre todo arriba y no vamos a hablar del cronómetro (disparado siempre).

Mis compañeras, mis hermanas, mis mujeres… aunque eso de mi esté tan capitalista.

¿Cuándo me volví feminista? Creo hallar la respuesta de manera consciente en el momento que descubrí que casi siempre las mujeres están debajo y el tipo encima. Por cultura, placer, aprendizaje o lo que sea, mi abuela seguro en sus tiempos mozos estaba debajo, mi madre ya ustedes saben, Susana debajo, y todas las compañeras del cuarto siempre-debajo. Justo y solo por eso, me reinvento y hablo de sexo como hablo de béisbol y ya no es el “temita” del que las niñas no hablan. Soy feminista por tantas cosas, por tantas luchas que dejaron de ser mías y ahora son colectivas. Seguramente, salvando distancias y tiempos, estuvo mi espíritu en las campañas Ni Una Menos, Me too, Marcha de las Putas, Marea Verde, Un violador en tu camino, El Acoso te atrasa, tal vez. Lo cierto, es que seguiré en lo que venga porque no quiero eyaculaciones jerárquicas.