Diseminaciones del cuerpo, Pasarela

La dimensión del cuerpo como proceso político en Pasarela (1999), de Laureano Vázquez es una constante de la cuentística finisecular. La necesidad de salvación en la voz lírica del autor imprime necesidades en sus personajes. Este libro, por demás primer Premio Eliseo Diego (1997), puede ser un punto de partida para la historiografía de lo queer en Ciego de Ávila. Sin pecar de absolutismos, según las palabras de los editores[1], esta entrega contiene el «erotismo marcado, desesperanza y sueños por realizar (…). El mundo de la moda, una visión cruda y realista de la homosexualidad, la iniciación sexual, entre otros, son aspectos que hacen de este volumen necesario y novedoso». Conformado por cinco cuentos: «Striptease», «Hello Hemingway», «Cambio de imagen», «Frenéticos» y «La isla del tesoro», tipifican en ellos las relaciones sexo-género en un entorno marcado, desde la ¿ficción?, por la crisis socioeconómica de la década de los 90.

Portada del libro

La sexualidad sirve, en primera instancia, según Michel Foucault[2], como un dispositivo de poder. La revelación premonitoria en Histoire de la Sexualité, sobre la comprensión del sexo como un «cuerpo construido culturalmente», en Pasarela se muestra a través de la exposición transversal y abierta de un sujeto queer que debe exorcizar sus miedos:

Cuándo vas a atreverte. Estamos en carnavales, por ahí andan muchísmos trasvesties. Pero tú eres pendejo hasta para pelarte. Llevas más de diez años con la cabeza rapada, símbolo de tus deseos reprimidos; además tú eres microcefálico, así se te ve más chiquita; deja florecer tu cabello y florece tú también que estás marchito. (p. 9)

El cuerpo como una constante. El cuerpo como una disidencia ante una cultura heteronormativa y cisgénerica. El cuerpo como una zona de defensa. El cuerpo en «Striptease», como antes citaba, también es una manera de delimitar belleza-sexo:

Era una experta trasformista aquella maricona obesa de curvas fabricadas a fuerza de cinturones y fajas. Las lengüetas de pelo negro caían sobre sus cachetes afinándole la cara, lo que la beneficiaba considerablemente. (p. 9)

En tanto, como prácticas políticas performativas de los cuerpos que subvierten las normas de género, cada personaje construido en la obra de Vázquez, representa, también, una necesidad de subversión de los cuerpos abyectos[3]. Es contrastivo, por un lado, la construcción de un sujeto lírico que es desolado por el miedo, la desdicha, los clichés y, por supuesto, el desamor. Por otro, las resistencias ante la deconstrucción de una realidad a la que debe/tiene que someterse como parte del poder «outing».

Sentí unos deseos enormes de correr hacia él, abrazarlo y suplicarle que dejara aquello, decirle que por mucho que lo disfrutara esta noche, el mal sabor de los recuerdos lo harían sentirse desdichado mañana, así me sentía yo de tan solo imaginarlo. Maricón, ¿tu infelicidad será vocacional o genética? Cómo malgastas tu existencia, eres un experto en anhedonia; a lo mejor el pájaro está realmente happy, quizás lleva años deseando sentirse reina y esta noche lo decidió, no interfieras en su monarquía, ve a lo tuyo. (p. 13)

Aunque este volumen, en el caso del primer cuento que hemos citado, no escapa de espacios comunes y ampliamente tratados en la literatura cubana en general; los procesos de reproducción y movilidad social concentrados, por ejemplo, desde el comercio sexual, fungen como espejo de la crisis finisecular:

Caramba, qué suerte tiene el pigmeo, un italiano, y tú con seis pies y una dentadura Colgate sin coger ni al culpable. Si apareciera aunque fuera un vietnamita que viniera dos veces al año y te llevara a basilar[1] y luego te dejara un poco de pesos convertibles para sobrevivir, pero es que no sirves para eso, lo que no te entra por los ojos… (p.8)

El cuerpo sigue como motivo con la asunción de identidades estigmatizadas. Un dato interesante en el que coincido con V. Fowler[4] es que, a pesar de que el volumen de Pasarela posee en sí un dramatismo y soltura desde lo queer, escasa promoción y crítica ha tenido en el panorama nacional.[5] El mismo Fowler dice: «En 1997, Pasarela obtuvo el premio entre los narradores, y dos años más tarde apareció publicado dentro de la serie Premios en Ediciones Ávila de la provincia, en cantidad de 1.000 ejemplares. Son datos relevantes para comprender la escasa circulación que ha tenido el libro y la escasa resonancia crítica a su alrededor, a pesar de que en él aparecen varios de los textos más alucinantes que hayan visto la luz en los últimos años en nuestro país; en especial el citado “La isla del tesoro” (que cierra el conjunto) y el titulado “Striptease” (que le da inicio)».

En el caso de «La Isla del tesoro», narra la historia de un adolescente que viaja en tren a La Habana en busca de dinero enviado por un hermano desde los Estados Unidos. Sin el dinero y de regreso, el joven homosexual se enfrenta a la ruin y despiadada sociedad que le arrebata de las manos — además del dinero — , la inocencia. Creo válido resaltar otra de las consideraciones de Fowler, uno de los críticos más lúcidos del país, sobre este cuento en particular:

“Si algún aprendizaje ha habido quizás sólo sea que los mundos del país han cambiado y que las nuevas condiciones en las que tiene lugar su economía generan ambientes de permanente amenaza; esto más el inquietante correlato de una sexualidad desbordada, sórdida, siempre dentro de una violencia que impide cualquier romantización de lo erótico. El fragmento que citamos como exergo corresponde al momento en que el narrador-protagonista se encuentra preso en una estación de policía, bajo la acusación (¡claro que falsa!) de haber tocado las nalgas de una señora gorda en un ómnibus; en un momento de su detención aparece un grupo de policías que trae detenida a una pareja “bastante sospechosa”: el Gualfa y Caruca Sorbeto. A la tal Caruca Sorbeto la destinan a trapear el vestíbulo del lugar y al agacharse “un par de cojoncitos arrugados asomaron por la minifalda” (p. 55). Tal episodio es lo que provoca la risa de los guardias y el desplazamiento hacia lo carnavalesco en el ambiente.” (Fowler, 2006)

Según los estudiosos[6], homoerotismo y homosexualidad[7], aunque intrínsecamente relacionados, no contienen la misma carga simbólica. La comprensión de esta dimensión en Pasarela, con un binomio que, además, desliga sexualidades-género, contiene la diversidad de las experiencias sexuales entre personas del mismo sexo. No es posible entender, por ejemplo, «Cambio de imagen» (pp. 22 a 26) desde lo etnocéntrico del término homosexual, porque la sexualidad del sujeto-personaje pasa por la discriminación y aceptación de una sociedad con necesidades sexo-afectivas. Tal aseveración es sustentada en Sierra (p. 90)[8]: «El término homosexualidad posee un marcado carácter etnocéntrico, pues utiliza los conceptos de un discurso médico y occidental, sin tener en cuenta la diversidad de los homoerotismos en otras realidades culturales».

Siguiendo esta lógica, Vázquez entrelaza la idea de sexo con la de sexualidad. La protagonista de «Cambio…», una modelo con aspiraciones de grandezas, tiene un «problema». Pareciera, a priori, que el problema es el cuerpo, lo relacionado con él. Uno de los pasajes iniciales nos muestra la contradicción ¿acaso? entre erotismo y sexualidad.

Siempre era igual. Se iba a la cama sin sueño, agotada y tensa. Apagaba la luz y era como si encendiera el canal de las pesadillas. Ponía una almohada entre sus piernas y con la otra se cubría la cabeza. Daba mil vueltas tratando de apartar los fantasmas sin conseguirlo; acariciaba sus pezones, rozaba suavemente sus pechos y se perdía. La excitación aumentaba al punto de volverse incontenible. (p. 22)

¿Podemos encontrar un sujeto queer en Cambio…? Tal vez. Aunque, a mi juicio, lo más interesante es la idea de sexualidad pública, abierta, obsesa si se quiere, de un personaje que disfruta de la masturbación privada (hasta cierto punto). No podemos evitar leer ciertos vicios en este volumen que, aunque transgrede las realidades de la década del 90 del pasado siglo (y toda la carga histórica), el sujeto queer sigue provocando ansiedades. Lo demuestra, en este caso, en un salto cualitativo en la «moral» de Heather:

Cambiaron los valores (…): sexo en grupo, anorgasmia inconfesable, contratos que se pagan en la cama, de repente el amor, ganas de tirarlo todo por la borda, en fin, el caos. (p.24)

En tal caso, el uso del erotismo — también como motivo queer — produce poder. La transgresión debe tener en sí amenazas ante el poder. El cuerpo sería el vínculo performático de esa amenaza[9]. La narración nos coloca disyuntivas: ¿Es la masturbación en sí enfermiza? ¿Cuáles son los límites en esa construcción de lo «enfermo»? ¿Por qué catalogar el sexo colectivo como un salto moral en retroceso? ¿El sexo pago y consensuado (que muchas sociedades no tolera) puede considerarse como una constante de deterioro? La observación de la masturbación como acto performático, ¿qué límites tiene?

A ello sumamos los rasgos andróginos que el autor imprime al personaje: «caminó como hombre, con los modales rudos y la ambigüedad a flor de piel». Aunque no podemos definir, con rasgos distintivos, un sujeto homo, trans, lésbico, intrasexual, en el personaje de Heather, hemos elegido este cuento, más allá del conflicto social que presenta (en tanto al mundo de la moda) por la trayectoria y acción de desenlace:

Se alejó unos metros y giró para retroceder en dirección al jurado, se paró con las piernas abiertas y en pleno acto de desafío alzó su brazo con fuerza y levantó el dedo de masturbarse, retándolos a aceptarla. (p. 26)

Otro de los textos más complejos en Pasarela es la cuarta propuesta, «Frenéticos» (pp. 27 a 40). El tratamiento del sujeto queer desde lo transexual resulta interesante en varios aspectos: lo transexual no es entendido como una condición de identidad sino como una deformación, un error. Desrarificar a los raros, en este caso por parte del lector que, no sé si es propósito primero del autor, es quien descifra la trama en primera instancia. Digamos, el derecho a la felicidad como estandarte para una vida «normal» y que, en voz del personaje trans, es situado como una utopía alcanzable. El cruce entre travestismo, transexualidad e identidad queer, nos muestran prejuicios que perviven acerca de lo trans.

«El tipo es maricón» (p. 31), «es un transexual» (p. 32), «un bugarrón con tetas» (p. 33), «si la cosa es así, te casas con él aunque sea hermafrodita» (p. 35) son frases importantes (aunque controvertidas) para entender los sujetos queer que se correlacionan en «Frenéticos».

Los personajes, con sus características, tipifican tres tipos de sexualidades e identidades: transexualidad femenina, heterosexualidad disidente y un posible lesbianismo. Vayamos por partes.

Vanesa (el personaje que envía los mensajes a Estela) relata una cronología sobre los vericuetos entre sexo asignado, su género y su orientación sexual:

Siempre fui un niño solitario, taciturno e introvertido; a veces melancólico y triste. Mi hermano gemelo era distinto, aunque ambos fuimos criados bajo los mismos preceptos religiosos; crecimos marcados por la sobreprotección de nuestra madre y la intolerancia de papá. (p. 29)

Comencé a experimentar una incongruencia entre mi sexo biológico y mi identidad de género, me asediaba el dilema de sentirme atrapado en un cuerpo que no era el mío, mi identidad emocional interna no concordaba con el aspecto de mis genitales ni con otras características sexuales secundarias; mi apariencia y configuración eran masculinas pero deseaba cambiar. (p. 31)

El sujeto lírico asiste a una oposición entre naturaleza y cultura. Según Butler[10] «el sujeto heterosexual, homosexual o transexual no es alguien que lo sea a consecuencia de una verdad interior que lo determine, sino alguien que va siendo en la medida en que materializa un cierto discurso que lo lleva a preguntarse por su identidad, es decir, en tanto cite en su vida el código heteronormativo».

Además:

Mi condición de mujer me define como un individuo heterosexual, pues me siento atraído por el sexo opuesto, en este caso, los hombres. Pero es ahí donde comienza mi tragedia; no soporto ser penetrado, he intentado varias veces y me resulta desagradable. En cambio cuando penetro, siento que el sexo se me hace más placentero y la comunicación con mi pareja es más íntima. (p. 32)

La propuesta ofrecida por Vázquez, aunque infiero que no de manera consciente, propone un nuevo elemento ampliamente estudiado por las tesis queer: lo transfemenino/masculino/queer[11]. En tal caso, la mirada debe «proponer lecturas homo-sociales, y un ejercicio de interpretación descentrada de la matriz heterosexista» (p. 36). La relación entre lo masculino/femenino desde lo trans se complejiza mucho más en tanto la dimensión corpus. Como antes mecionaba, en Pasarela, de manera general y particular, es el cuerpo una constante, una disidencia ante una cultura heteronormativa y cisgénerica, una zona de defensa.[12]

Notas:

[1] La palabra correcta debió ser «vacilar».

[1] Yamilé Tabío y Sergio González Castro

[2] (Foucault, 2002)

[3] La primera vez que escuché el término «abyecto» fue a una monja teóloga que ofrecía una conferencia sobre teología de la sexualidad decolonial. Luego, en varias revisiones a autores, ha sido un recurso permanente.

[4] (Fowler, 2006)

[5] Según Daniel Balderston, en Latinoámerica de manera general hubo una «conspiración del silencio». Ver en (Balderston, 2004)

[6] Revisar bibliografía consultada.

[7] En la bibliografía consultada, homoerotismo es definido por algunos como identidad, por otros como perspectiva y para muchos como poesía.

[8] Ver: (Madero, 2005)

[9] Debo acotar que (Kaminsky, 2008), en la construcción de un verbo queer, aporta términos sobre la amenaza con diluir el énfasis en el cuerpo y el deseo.

[10] (Butler, 2008)

[11] Dentro de los críticos sobre lo queer, en esta investigación empatizamos con (Rodríguez, 2001)

[12] En este artículo hemos obviado de manera intencional el cuento «Hello Hemingway» (p. 15) porque corresponde a otra dimensión del cuerpo no trascendental para este artículo.

Referencias:

Balderston, D. (2004). El deseo, enorme cicatriz luminosa. Ensayos sobre homosexualidades latinoamericanas. (B. Viterbo, Ed.) Rosario, Argentina.

Butler, J. (2008). Cuerpos que importan, sobre los límites materiales discursivos del sexo. Buenos Aires: Paidós.

Foucault, M. (2002). Historia de la sexualidad I. La voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo XXI.

Fowler, V. (2006). El fuego que devora. Nuevas vías de la lírica y del cuento en Cuba. In V. Verlagsgesellschaft, Desde aceras opuestas: literatura-cultura gay y lesbiana en Latinoamérica (pp. 139–148). Alemania: TCCL Teoría y crítica de la cultura y literatura. Retrieved mayo 15, 2021

Kaminsky, A. (2008, octubre-diciembre). Hacia un verbo queer. Revista Iberoamericana, LXXIV, pp. 879–895. Retrieved mayo 13, 2021, from https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/5215/5373

Madero, A. S. (2005). Sexualidades disidentes en el siglo XIX en Cuba. Fundación Fernando Ortiz, 16. Retrieved mayo 14, 2021, from www.cubarte.cult.cu

Rodríguez, I. (. (2001). Cánones literarios masculinos y relecturas transculturales: lo transfemenino/masculino/queer. Barcelona: Anthropos.

Vázquez, L. A. (199). Pasarela. Ciego de Ávila: Ediciones Ávila.

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