Días después de la esperanza

Hace poco un amigo me preguntó qué hacía ahora que todes estábamos en casa. Buena pregunta, más allá de dialogismos y símbolos que pudieran justificar mi respuesta. —Nada—, le contesté.

Cuando me pidieron escribir un texto sobre los desafíos de les jóvenes en tiempos de pandemia tuve la intención de hablar mucho y de todo. Pero, la respuesta a mi amigo marcó lo que he llamado el “desafío de la nada”.

Día 1

Hace poco más de un mes adopté un peludito. Pequeño en edad, pero ya se estira a lo grande.

Día 2

Vivo en un edificio que tiene 9 plantas. Imaginarán que es muy viejo. Creo que se construyó en los años 80 del pasado siglo. Digo viejo, porque una edificación bajo estos calores, roturas y otros demonios, ya con 5 años es un centenar. Se me tupió el vertedero de conjunto con el fregadero y el baño.

Todavía la gente —o más bien yo— no tenía (n) la percepción de riesgo antes de haber cruzado los 70 infectades en Cuba. Por lo que llamé a un amigo (hombre orquesta) para que me ayudara.

No pudo.

Día 3

El peludito que me acompaña en el apartamento se llama Pepe. Me pasé dos días con tupición y vigilando a Pepe para que no husmeara en el agua putrefacta.

—¡Pepe, me tienes obstinada con tu hocico metido en todos lados!

—jau jau jau

Ni clara respuesta de Pepe, ni del hombre-orquesta, ni baja el agua.

Día 4

Decidí meter una manguera a presión en el hueco del vertedero. Milagrosamente se destupió. No me pregunten mucho más.

Día 5

07:00 y estoy con los ojos pegados al techo. La costumbre de estar despierta para ir a trabajar.

22:00 sigo con los ojos pegados en el techo. Prácticamente no he hecho nada (tal vez descansando de la tupición).

Día 6

Me gusta el balcón de casa y en tiempos de calma leo. Un buen texto siempre viene bien. Terminé de leer finalmente Rayuela (qué manera de dejarlo y tomarlo y dejarlo y tomarlo hasta el cansancio).

Día 7

Me di cuenta que tomo 12 veces en el día café. Algo que, por supuesto, me altera. Decidí reducir la cuota. Terminar un texto que hace un mes navega sin suerte en el Word y seguir en casa. Quienes hicieron el slogan de #quédateencasa nunca imaginaron los nervios que circulan en nuestras piernas por poner un pie al menos más allá del portal.

***

En 7 días hice muy poco. Desaproveché con desmedida el tiempo. Desaprovechar hoy es un lujo. Pienso en mis colegas de aquí, los de allá. Pienso en América Latina. El desafío de la nada nos impone crear, construir, hacer desde casa. Estremecer la casa si es preciso, arreglar cosas en desuso, pasar tiempo con la familia (en caso de que se viva con ella), des-movilizar la fatiga.

El primer reto que se nos impone es el de la realidad. Saber cuáles son nuestros límites y nuestras anchuras. Es una pandemia no una gripe como apuntan mandatarios de derecha en la región. Saber que la coyuntura sanitaria condiciona la política y el ecosistema sociopolítico.

Fernando Martínez Heredia en “Siete retos para los jóvenes de América Latina”[1], tan previsorio el maestro nos alertaba sobre el peligro de las crisis (una mucho más grande que esta):

“Padecen hambre o carecen de alimentación suficiente, de servicios de educación y de salud, de empleo, y viven en familias precarias. Saben del trabajo infantil, de la delincuencia de los pobres, la prostitución y el consumo de drogas baratas. Esos jóvenes no están aquí, no conocen lo que hacemos ni nuestros escritos –muchos no podrían leerlos–, ni es probable que les interesen. No suelen votar, porque no sienten suya la política que existe en sus países. Por consiguiente, muchos pueden ser acarreados precisamente por los culpables de la vida que llevan, si les resuelven algunas de sus necesidades perentorias.”

Antonio Gramsci, por su parte apunta algo que en nuestra realidad, nos coloca el desafío de la Palabra. “La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad”. Hemos sido inundados de información o más bien desinformación. Los grandes conglomerados de información nos han hecho desvariar una que otra vez. Como jóvenes hemos sido epicentro de desconcierto y ataque. Saber elegir qué consumir o no constituye un acto de civismo y extremo revolucionario.

La infopandemia o el infovirus como algunes estudioses le han llamado, hoy que pasamos más tiempo frente a las pantallas de nuestros teléfonos y laptop, es el principal enemigo: visible y poderoso.

A mi juicio, y por último, nuestro principal desafío es la esperanza. Cuando era pequeña solía cantar aquel estribillo: “venga la esperanza, pase por aquí”. Hoy pido a gritos que esa esperanza no solo pase por mi edificio 9 plantas que los años han destruido de a poco, sino que se junte con más fuerza y el recorrido llegue más y más lejos.

La gente necesita esperanza. Y esperanzar, más allá de un verbo transitivo debería convertirse en un verbo “permanente”. Paulo Freire nos dejaba algunas pautas:

“Es necesario tener esperanza, pero esperanza del verbo esperanzar, porque hay gente que tiene esperanza del verbo esperar. Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera.

“Esperanza es levantarse, esperanza es ir detrás de lo que se quiere, esperanzar es construir, esperanzar es no desistir. Esperanzar es llevar adelante, esperanzar es juntarse con otros y otras para hacer de otro modo…”

Foto: Tomada de Hello Creatividad


[1] (Heredia, 2017)

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Esta web funciona gracias a WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: