Síndrome de El Caballero de París

La situación de personas con conducta deambulantes en Ciego de Ávila no solo depende de la responsabilidad familiar sino de las estrategias concretas de las entidades y organismos pertinentes.

Sin más allá y acá me dice “levántate que ese es mi puesto”. Perpleja ante las palabras áridas que me provocan cierto desconcierto, accedo. No tenía ni tiempo ni argumentos para rebatirle a ese hombre que, con saco en mano, aspecto grotesco y sucio se acomoda en el sitio en el que solo  “tomaba un cinco” para descansar. De igual manera debía quedarme allí diez minutos más por otros motivos.

En la calle Libertad de Ciego de Ávila donde cientos de transeúntes hacen de su camino un hábito, se encuentra él, que ni siquiera sé su nombre. Me alejo un poco y lo observo. Saca de su saco lo inimaginable. Una lata grande con empapelado de D´Ceballos, botella de agua, un tabaco grandísimo, un par de zapatos, unos platanitos maduros y una cajita de comida. Revuelca un poco más y saca a un gato. ¡Por Dios, un gato!

No dejo de mirarlo a partir de ese entonces, la curiosidad hace que esté en ese lugar 20 minutos más de lo planificado. Miro alrededor y unos cuatros hombres más están sentados. Un vendedor de no sé qué, un señor que lee un ejemplar de algún periódico, el bicicletero de la institución colindante de ese gran portal y alguien que como yo, solo se sentó para tomar fuerzas y seguir su rumbo.

Cuando pensé que Ene (letra para identificar a mi observado) haría algo más o se levantaría y seguiría su faena, se acuesta a dormir la siesta de las 2 de la tarde. Estira brazos y piernas y hace del piso su cama. Como ya no había más que mirar y las cenizas del tabaco estaban esparcidas a su alrededor decido marcharme con el amarguito de que Ene me había botado, literalmente, de mi sitio y no pude hacer nada. Volteé la cabeza a unos metros y el gato se acurrucaba a él cual fiel guardián.

*****

Una señora tal vez de unos 50 años, digo yo, por las arrugas que visten su cara, se acerca y me pide 5 pesos. Pienso en silencio: Ño, la gente ni siquiera te pide un peso, ahora son 5. Había pasado los días primeros y el cobro mensual se esfumó como para que en la cartera tuviera ese dinero y regalarlo. Ni siquiera tenía para un granizado (que por cierto, bien caros que están). Se va como quien no tiene éxito ante el pedido y casi al momento, tres minutos después, otro señor me pide 5 pesos más. Ahí sí que me molesté, confieso. No se trataba de ayudar a alguien, sino de prever salir a la calle, al menos, con 20 pesos para regalar si es que quieres sentarte tranquila en el parque un rato.

Un tanto incómoda me marcho y encuentro a una amiga que me invita al Coppelia que “milagrosamente” estaba vacío. Estando a la entrada, un joven con una escultura pequeña de San Lázaro me dice: ¡Negra, tienes que echar pa´ el viejito! Siempre he respetado la espiritualidad de cada quién y cómo vive su fe, pero antes los acontecimientos anteriores le dije: el viejito lo tiene todo. Tal vez el joven esperaba devoción y, enfurecido, escupió cerca de mis pies.

Ni siquiera me incomodé. Pero debo confesar que las preguntas se me hicieron más complejas mientras hallaba lógica alguna a tales “experiencias”.

El problema no es la calle

La realidad de las personas con conductas “deambulantes” es más que cuentos de hadas, de malos o buenos, de imaginarios construidos. La realidad duele más que la llaga a la que alguien pone el dedo cuando menos lo necesita. La realidad es una realidad que grita lo que la gente piensa, aun de manera inconsciente, de esos co-habitantes que inundan los parques, terminales y lugares públicos.

Según el Censo de Población y Vivienda realizado en 2012, de 11 167 325 habitantes en el país, unas 1 108 eran personas con este tipo de conducta, 958 eran hombres y 150 mujeres; 641 tenían entre 16 y 59 años de edad, y 467 de 60 y más años. Y, aunque los números no son “tan alarmantes” (hasta esa fecha), se impone revisar a priori el tratamiento para preservar, cuidar y sostener a quienes algunos catalogan como “el eslabón más débil de la sociedad”.

Los números no son solo números; cuando nos detenemos a analizarlos la primera cara es una pregunta: ¿cómo se alimentan o viven esos pocos miles? ¿Cómo se las agencias para vivir el día a día? Y, entonces, los cómos buscan las respuestas en quienes por su objeto social, deben atenderlos, dígase los ministerios de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), Salud Pública (Minsap), la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y la Fiscalía General de la República (FGR), entre otras entidades y organismos del Estado.

A pesar de que institucionalmente hay quien se encargue de “la situación”, otros agentes sociales han empeñado esfuerzos en ayudar. Las organizaciones laicas en el país en su empeño diaconal han incentivado ministerios de ayuda en las calles para estas personas. A pesar de ello, las fuerzas parecen ser insuficientes y los números se acrecientan a simple vista, aunque tendríamos que esperar al Censo del 2022 para confirmar lo que nuestros ojos ven en el día a día.

“El problema es que están en la calle”, comenta un internauta en una publicación sobre el tema al respecto. Entonces esa misma lógica se reproduce en cientos de razonamientos en el ciberespacio y, por supuesto, en la vida real. La respuesta a tal fenómeno tiene más matices que la propia respuesta en sí. Y, tal vez, el problema no sea tal según los criterios de algunos, más bien el problema es que esas acciones que ya se pensaron aún no consiguen los resultados previstos.

•Les propongo una crónica audiovisual de la colega Julieta Morffi Hernández: «Duendes de mi ciudad»

Lo que debiera construirse

Aunque la cifra asciende a más de 1 200 personas con bajos ingresos, limitaciones físicas, jubilados con pensiones mínimas hasta mayo del presente año, según Orlando Díaz Rodríguez, subdirector de Prevención, Asistencia y Trabajo Social en declaraciones a la ACN, no existe un número detallado, al menos público, sobre los deambulantes. El Sistema de Atención a la Familia (SAT) en Ciego de Ávila, a pesar de los esfuerzos por “sacarlos de las calles” o mejorar su calidad de vida aún tiene en su recetario de cosas por hacer la delimitación exacta en la población asistencial.

Claro está, considerables son las causas por lo que personas en un punto clave de sus vidas convirtiéronse en habitantes de las calles y madrugadas, en lo que en muchas partes del mundo llaman “sin techo”. Pudo ser el alcohol, la soledad, el abandono o alguna enfermedad psíquica que condujo a que la vida no le sonriera como esperaban y el destino jugara malas pasadas.

Quijotes sin molinos, artículo publicado en Invasor en 2014, destaca las deficiencias en el manejo de la situación con los indigentes, y sobre el marco legal que no ofrece mucho amparo. Mientras, la Resolución Conjunta No. 1 del Ministerio de Salud y el Comité Estatal de Trabajo y Seguridad Social, codifican las prioridades para la aprobación de la asistencia social y regula que cuando el deambulante es mayor de 60 años se procede la facilitación del ingreso en hogares de ancianos, siempre que no tenga un padecimiento psiquiátrico.

Según continua el artículo, “funcionarios del gobierno en Ciego de Ávila, explican que existe en todo el país la Comisión de Prevención, encargada de rectorar las acciones de profilaxis y atención a los deambulantes. Pero si quedaban dudas de su poca eficacia, el citado documento concluye que ´es deficiente el trabajo integrado de los órganos, organismos e instituciones, tanto en el comunitario preventivo como en la atención a las personas con esta conducta´”.

A pesar del contenido de la Resolución, ese apartado parece caer en sacos vacíos para los menores de 60 años, ni soluciones ni estrategias. “A veces uno los ve y parecen viejitos, por su deterioro y las condiciones en las que sobreviven, pero no llegan a los 60”, asegura Ángela Ajate García en declaraciones al medio de prensa.

Aun así, siguen caminando por las calles de Ciego de Ávila sin que existe una ley, regulación o norma que les impida deambular, pedir dinero o asediar a los turistas. En el artículo 88 del Capítulo III de la Carta Magna establece que “el Estado, la sociedad y las familias, en lo que a cada uno corresponde, tienen la obligación de proteger, asistir y facilitar las condiciones para satisfacer las necesidades y elevar la calidad de vida de las personas adultas mayores. De igual forma, respetar su autodeterminación, garantizar el ejercicio pleno de sus derechos y promover su integración y participación social”. Pero son más los deambulantes y nulos los centros de atención y rehabilitación en nuestra provincia.

Solo algunos centros especializados existen en el país, casos como Villa Clara, La Habana, Holguín, las Tunas y Bayamo. El síndrome de El Caballero de París muestra una sociedad que aún tiene retos que enfrentar y, a propósito de las renovaciones legales en la estructura del Estado, debería anotarse como asignatura pendiente, como gestión inmediata de las administraciones provinciales.

•Sobre la experiencia del Centro de Clasificación de Deambulantes en Villa Clara lea aquí

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