Foto: Tomada de Magnet – Xataka

No sé si llorar o reír con una noticia así. No sé si esta estrategia polémica de marketing para generar más ventas pueda ser un ejemplo positivo de “inclusión étnica” o una manipulación masiva enmascarada en una falsa intención de reconocer como iguales a los negros. Las muestras de racismo ya se leen a montones y yo apenas me voy enterando: no sé si indignarme o alegrarme.

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Si fuera una emprendedora a la altura de los tiempos capitalistas en los que vivo, sería un buen momento aprovechar la coyuntura y poner mi empresa: una marca de ropa, una entrevista reafirmando el orgullo de mi raza, teñir mi cabello para vender mi imagen con poca ropa y alcanzar los like necesarios para monetizar mis redes sociales y no tener que preocuparme por la competencia en otros mercados laborales.

Si fuera una intelectual decolonial, sería un buen momento para hacer un artículo acerca del racismo, la puesta en escena de lo negro como mercancía al servicio del capital, la necesidad de aborrecer toda comunicación que no sea interepistémica desde lo intercultural. Realzaría el deber de denunciar que los negros tenemos una historia de resistencia que no debe ser apañada bajo una caricatura que armoniza el colonialismo interno; que fuimos arrancados de África, vendidos y explotados, que hemos luchado mucho por nuestros derechos y que no se puede reducir todo eso a blanquizar lo vivido a través de un personaje de Disney.

Si fuera una feminista negra, sería un buen momento para hablar de la cosificación de la mujer negra, puesta como objeto de entretenimiento; del porqué contratar a una negra para dejarla sin voz y de lo dañino que es para el imaginario colectivo de las niñas negras tener un referente como ese, que legitima el amor romántico y por tanto, la legitimación del patriarcado blanco.

Esta ha sido una de las imágenes viralizadas tras la declaración de Disney sobre el cambio de imagen de la Sirenita Ariel.

Si fuera una activista estadounidense por los derechos de los negros, podría alegrarme y salir a la calle con pancartas, porque por fin los protagonistas negros tienen su espacio en la gran pantalla: por fin hay un Spiderman negro, habrá un futuro Capitán América negro (según el final de Avengers).

Por fin, además de demostrar que podemos ser presidentes, somos visibilizados en la industria cultural reflejando que las negras también somos bellas. Por fin podemos demostrar que el discurso universalista europeo cede y que quizás ese sea un paso para dejar de violentar a la comunidad negra.

Comentarios como estos se generan en Twitter, no es cuestión de bien o mal, es cuestión de decir qué se piensa, cómo se posiciona un criterio que es el de miles de usuarios.

Si fuera una radical afrodescendiente, diría que referirse a la raza de la Sirenita es un error, porque las razas no existen, ya que estas son una invención y solo existen etnias. Que la Sirenita Ariel no representa a los afrodescendientes porque en la historia piensa como blanca, no ha sufrido en carne propia la discriminación, no ha vivido en su experiencia personal el sufrimiento causado por los prejuicios y por tanto, que es un títere manejado por blancos.

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Si fuera una académica de renombre escribiría una amplia reflexión acerca de cómo la cuestión de una Sirenita negra no cambia nada, que las estructuras de poder y las relaciones que aplastan a los negros siguen ahí. O por el contrario, elaboraría un extenso análisis de las implicaciones socioculturales del cambio de paradigma, acuñaría el concepto de “efecto Sirenita” para analizar las reacciones de las personas y hablaría de la importancia del fenómeno, enfatizando en que la diferencia no es un rasgo de desigualdad.

Pero como soy solo Irene, aún debo meditarlo.

Sobre Irene Pascual:

Estudia Doctorado en Estudios Socioculturales en Instituto de Investigaciones Culturales IIC-Museo UABC. Ha estudiado Maestría en Filosofía en Universidad de Guanajuato y Licenciatura en Derecho en Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas – UCLV. Actualmente coordina el grupo en Facebook Vivir la Negritud.

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