Por Irene Pascual

Miramos e interpretamos el mundo desde una mirada blanca: la cultura de los blancos es mejor, es más bonita, es más próspera, es superior, es impuesta y aplaudida. A propósito del Día de África…

No sabía que era negra, lo descubrí a los 8 años cuando mi hermano me lo dijo. No asociaba el color de mi piel a un conjunto de estereotipos discriminatorios ni a una ideología en la cual lo negro es malo, delincuente, bruto, feo, atrasado. Cuando mi hermano me dijo que era negra (en un tono muy marcado) le respondí que no lo era (al menos no era lo que él me estaba sugiriendo). Me llevó ante un espejo y sí, por primera vez, me vi negra. Comencé a llorar desconsoladamente, al parecer, ser negra era algo malo que nadie me había explicado y que no podía ocultar. Mis vecinos al verme me dijeron: “debes sentirte orgullosa por ser negra”, pero yo no entendía por qué debía sentirme orgullosa de algo que no había escogido.

“debes sentirte orgullosa por ser negra”, pero yo no entendía por qué debía sentirme orgullosa de algo que no había escogido.

Con el paso de los años lo entendí mejor: mi cabello no era pelo sino pasa, mis labios no eran labios sino bembas, mi color de piel olía feo, todo estaba mal con mi aspecto y los blancos debían remediarlo con derriz, maquillaje sutil, vestirme y enseñarme a comportarme como blanca. Los insultos hacia mi color de piel, la asociación inmediata a una condición económica de escasez, los pocos hábitos higiénicos que se nos atribuyen, la poca belleza que tenía por ser negra, etc., fueron cuestiones que comencé a normalizar día con día.

El racismo institucional fue (y es) otro monstruo que comenzó a corroer mis vivencias: “tú no puedes porque eres negra”, “pobrecita, no llegará lejos”, “mira su color y perdónala”. Inclusive cuando fui presidenta de la Ciudad Escolar Ernesto Che Guevara y presidenta de la Universidad (UCLV), desde la administración y la UJC Nacional se cuestionaban mi cabello, mi aspecto, mi negritud, insinuando que debía ajustarme más al prototipo de lo blanco. En la licenciatura en Derecho, un profesor me dijo que me peinara, que parecía que le daba clases a un delincuente del “malecón”.

El racismo institucional fue (y es) otro monstruo que comenzó a corroer mis vivencias

En la sexualidad estás, por decirlo de alguna manera, vetada, porque a no ser que seas una “mulatica de salir”, no serás tomada en cuenta para relaciones “formales”. Estarás presionada a no mantener relaciones con blancos “porque negro con blanco no pegan” y si te atreves eres considerada piola, como “traidora” a tu raza. Los escándalos de la familia blanca de tu pareja al verte, son de diversa índole. Los mitos populares en relación a la sexualidad asocian a la mujer negra como aquella menos importante, más exorbitante (lo que te coloca en la categoría de objeto exótico), una “mujer fácil”, que “te limpia”, que no está en el status de una blanca, por lo tanto, se le puede tratar de manera inferior porque “bastante que cogió un blanquito”. Con los negros, la idea de la sexualidad también es explotada, llegándose a elaborar chistes y con ello, imaginarios que denigran la dignidad.

El rechazo hacia las religiones africanas es inculcado desde pequeños, no debes ser brujo ni practicar la brujería, debes ser católico o cristiano protestante para tener un reconocimiento social adecuado.

Los clichés son reforzados: los blancos dicen cómo deben ser los negros y estos lo asumen y lo entretejen como identidad: todos deben saber bailar perfectamente porque es típico de la raza, debemos estar siempre sonriendo, nuestros dientes deben ser más hermosos, “los negros no llevan ná por los pulmones”, no servimos para el ballet, etc. Todos estos estereotipos se conjugan en las miradas inquisitorias de los espacios de blancos: la universidad, la política, las tiendas de divisas, como muestras infalibles de la discriminación.

Y, ¿dónde está la esencia negra en los imaginarios sociales en Cuba?

No cabe duda que el imaginario social en Cuba es eminentemente racista, se defiende la superioridad de la raza blanca frente a las demás y se “aisla”, es decir, margina a lo no blanco: al jabao (el cual es malo por naturaleza), al indio, al negro. La cultura permite que las actitudes de blancos hacia negros sea grosera (y que esto no se reconozca), que los blancos no traten como iguales a los negros sino como inferiores: “a los negros no se les puede dar cargos”, “tenía que ser negro”, “si ese negro puede porque yo no”, “ese negro es delincuente”, son frases comunes del día a día.

A la par, existe una invisibilización de problemas asociados a la raza: el blancamiento de los héroes en la historia, la no existencia de juguetes negros, de productos que tengan en cuenta la diversidad, las pocas oportunidades centradas en las condiciones específicas de las familias negras, deja a las “personas de color” al margen del proyecto social porque no se reconoce la otredad como diferente desde el punto de vista histórico, social, económico y cultural. El menosprecio y el odio irracional hacia los negros es un ejemplo de intolerancia que es adornada con la frase: “no existe racismo” a la que se le suman “no soy racista porque tengo amistades negras”, “no soy racista pero cada quien en su espacio”, “es negra pero es bonita”, “no soy racista pero no quiero que mi hija se case con un negro”.

…existe una invisibilización de problemas asociados a la raza: el blancamiento de los héroes en la historia, la no existencia de juguetes negros, de productos que tengan en cuenta la diversidad…

Considero que lo peor no es ni siquiera ser violentamente marginalizados, sino la prohibición de decirlo, de enunciarlo. Cuando expresas que en Cuba hay racismo, la mayoría (blancos y negros) te objetan: es algo tan políticamente incorrecto que te demonizan al punto de que debes pedir disculpas por tal osadía. Los blancos no cuestionan el racismo, le es indiferente porque se vive en un mundo de blancos y para blancos; los negros están tan alienados que no ven el racismo y si lo ven, lo callan, les duele: duele tanto que es preferible no luchar contra la violencia simbólica y prefieren negar su negritud, su historia, su aspecto, blanquizar el espíritu.

Solo puede hablar de racismo quien lo ha vivido. No caben todas las injurias en un texto, por tanto, dejando a un lado los disímiles episodios, los cuales quiero sistematizar en forma de libro, en lo personal la negritud me ha impulsado a ser-actuar de la mejor manera posible.

Mientras los blancos no tienen que demostrar nada, los negros debemos hacerlo siempre doble porque somos prejuzgados: estudiar para demostrar que podemos (porque la ciencia es blanca y a los negros les corresponde el deporte y el arte), no realizar ningún hecho que transgreda el orden para demostrar que no somos delincuentes, etc. Cuando mis compañeros hacen un trabajo, yo hago dos.

Hoy puedo decir que soy orgullosamente negra porque he asumido la negritud como una ideología que se enfrenta a la dominante, una construcción a la que me apego para estar en este mundo de “otra forma”. Entiendo mi negritud como una fuerza histórica que me permite razonar los tratos perjudiciales hacia mi color de piel, construir un sujeto político, revindicar mis creencias, mis maneras de hablar, mis gustos. Enunciarme negra sin tapujos, no peinarme, no dejar de utilizar labial rojo, no bajar jamás la cabeza ante los blancos, son pequeñas acciones cotidianas que refuerzan la idea de que vivo en consonancia con lo que soy.

Hoy hay que visibilizar, entender que la raza (como construcción social-cultural) genera problemáticas: el etnocentrismo tiene que ceder o lo debemos tirar. Y no, “querida gente blanca, no soy el alma de tu fiesta y por supuesto que no puedes tocar mi cabello”.

Sobre Irene Pascual:

Estudia Doctorado en Estudios Socioculturales en Instituto de Investigaciones Culturales IIC-Museo UABC. Ha estudiado Maestría en Filosofía en Universidad de Guanajuato y Licenciatura en Derecho en Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas – UCLV. Actualmente coordina el grupo en Facebook Vivir la Negritud.

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