¿Entramos a La Fontana?

Ayer un amigo me dijo que se iba del país. Coño, pero si me dijiste que no te ibas a ir nunca, le respondí. Hicimos un listado de cosas por hacer, cosas de nosotros dos. Mi amigo se va porque dice que no aguanta esto, que la cosa está aún peor de lo que el imaginó. Me soltó cuarenta razones por las que se quiere y puede irse. Yo, callada, lo escuché atentamente, con ojos fijos en la gestualidad de sus manos y a esos tics que hace con los ojos. Eran mis ojos y sus ojos en sintonía. Con esas diferencias y esos sobresaltos que nos da cuando nos tomamos un café.

Seis de la tarde. Tazas de café. Bullicio tormentoso de otrxs que estaban allí. La Fontana. Una tarde para no quedarse en casa. Para no hacer comida. Para no deambular en más ningún otro lugar. Una tarde que ya se nos había hecho tarde y ahora eran las ocho; y seguíamos hablando de las cosas que no hicimos, de las que nos arriesgamos y volvimos a hacer.

¡Amiga, me voy! —No lo digas más que me está dando genio—, y el séptimo café ya hacía sus estragos. Le enseñé un libro de Ezra Pound, leímos unos cuantos poemas. En Radio Enciclopedia (que no todos disfrutan en este sitio) sonaba Fito Páez, en instrumental claro. Dos en la ciudad era el track perfecto, como si alguien nos viera desde arriba y manejara algunos hilos. Como si ese alguien orquestara la despedida perfecta. Como si ese alguien quisiera sentarse también a la mesa. Le dije que no importaba si se iba, que cada cual puede tener sus propias razones para irse (o para quedarse). Yo me quedo.

No podría disfrutar tanto de mi gente aunque esté en el mejor café de París o me fumara un cigarro en Ámsterdam, nunca es igual. Son las personas las que hacen importantes las cosas. A mí el salario no me da para lujos, pero alcanza lo suficiente para comprar una botella de vino en la calle Independencia y sentarme en el Parque Martí (el de Ciego de Ávila y el de Morón). No me voy, porque no podré dormir tranquila sin las quejas de mi vecina (ella se queja por todo) o su ojito inquieto mirando a quién entro a mi casa

¡Amiga me voy! —No lo digas más que está dando tristeza—, y perdí la cuenta del café, creo que andamos por los catorce, y la noche avanza. Son como las diez, y ya casi nos botan de este lugar. La Fontana. Siempre en el centro, siempre con historias. En los centros siempre existen puntos comunes. Las distancias se hacen mínimas justo en el centro (las distancias de los poemas).

¡Ahora sí, mira esto! y tenía en mi móvil un poema que le encanta. Lo leí de carretilla, como siempre. (El Wichy nos acompañó) Creo que en algún momento era el tipo que movía los hilos, el que se quería sentar en la mesa.

AMA AL CISNE SALVAJE

No intentes posar tus manos sobre su inocente cuello

 (hasta la más suave caricia le parecería el

brutal manejo del verdugo).

No intentes susurrarle tu amor o tus penas

(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).

No remuevas el agua de la laguna no respires.

Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía

con su ajena belleza

(si vuelve la cabeza escóndete en la hierba).

No rompas el hechizo de esta tarde de verano.

Trágate tu amor imposible.

Ámalo libre.

Ama el modo en que ignora que tú existes.

Ama al cisne salvaje.

Yo sé que mi amigo se va. Lo sé. También sé que yo me quedo. Porque quiero, porque aunque las personas son del mundo, del universo, yo pertenezco a este lugar. Más allá de las formas, mi estructura está aquí, en este sitio (Cuba-Ciego de Ávila-La Fontana). Las once de las noche y ya tenemos que irnos. Recorremos el boulevard, lo desandamos como quien no quiere que pase el tiempo. El tiempo que es mucho más rápido que mis palabras de decirle No te vayas, quédate. El centro es mucho más importante que izquierdas y derechas, que aquí o allá, que norte o sur…

Por último le mostré otro poema, ahora suyo. ¿Mira pipo, te acuerdas de esta noche cuando estabas muy triste y salió esto? El toma mi lector en sus manos, manos que tiemblan sin razón, que sudan sin razón. Me mira, y empieza a llorar. Lee el poema. Nos abrazamos, y las palabras ahora sobran.

Hoy en la mañana lo vi. Caminaba por el mismo boulevard: ahora con mucho más ruido, con más sandalias, con más preocupaciones. Yo, hago lo mismo de todos los días. Cruzamos algunas palabras, ambos estamos apurados y me voy. Él me dice, ¿entramos a La Fontana?, yo le respondo que mañana, y pasado mañana, que la semana que viene y hasta en julio-agosto cuando hay más calor. El pretexto de encontrarnos.

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