Todavía recuerdo el día que alguien osó decirme puta. Yo froté mis manos contra el pantalón semiajustado y conté hasta cien como cien veces. Desistí de cualquier respuesta a esas palabras salidas de no sé dónde. Otro día, de esos días cualesquiera en que sales a la calle porque no aguantas estar en tu casa, o porque tienes algún mandado que hacer, vienen de nuevo y te dicen PUTA, así de grande, tal vez porque caminas por la calle y no te da la gana de usar ajustadores (¿quién los habrá inventado?) ¡Decirme eso a mí!, yo que soy de pulóver-camiseta y short, un par de tenis, y es suficiente para ser feliz e ir a cualquier parte de la ciudad sin que una gota de vergüenza roce mi moral.

Las malditas etiquetas, maldito vicio de nombrar todas las cosas. Los nombres están sobrevalorados. Mi amiga, ella que no está en eso de encasillar a la gente viene a mi casa un día, y coincide con otra amiga. No se conocían (por supuesto), y yo asiéndome de esas cargas sociales de presentación, tiro el gatillo con el: fulana esta es fulana, hace tal y más cual cosa. Mi amiga que no tiene pelos en la lengua le dijo: ¿Cómo quieres llamarme? Yo supuse aquello locura, desatino. Hoy es más cordura, más sazón de la vida.

Puta: grande, pequeña, mulata, jabá, con pelo rizo, con pelo plancha´o, desnalgada, con el culo grande, con ojos chinos, con ojos saltones, con nariz ñata (como la mía), con nariz súper grande. No importa como sea, a la mayoría de las mujeres le nombran, sin saber si quiera quienes son realmente. De ahí que los nombres están sobrevalorados, porque casi nunca importan cuando tienen otro en mente. Esas mentes caprichosas en avalanchas de etiquetas. Putas etiquetas.

La gente, la gente de todos los tiempos, siempre han puesto nombre a las cosas. Y está bien, hasta el punto dónde más que una necesidad es un estigma, vicio, condena. Aquello que nombramos de una manera, y queda estático, luego a la hora de cambiar, o cuando supone un cambio, se enreda la pita. Queda excluido de cualquier progreso.

Yo prefiero entonces re-nombrarlo todo. Para mí puta será aquella mujer que no lo importa el qué dirán de la gente. Ser feliz es su mejor opción: el estribillo de una canción de reggaetón, de lo último que suene en un bafle “pero-que-rico-eso-que-me-hiciste-en-el-cuartico”, o leerá un buen libro de Tolstoi-Neruda-Hemingway. Se acostará en la cama y tendrá sexo con un mix de jazz in Bach, vamos… que ser no-nombrado es mejor que estar etiquetado (más allá de Facebook). Todavía, algunos, solo algunos me dicen puta. Yo sigo frotando mis manos en el pantalón, luego bajo mis gafas, con esa mirada inquieta —que los que me conocen saben—, y le digo: gracias. Ellxs se quedan quietxs. Las gracias son mejores que las ofensas, porque yo seguiré siendo quién me dé la gana.

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